jueves, 29 de marzo de 2018

Pétalos de Invierno [Scene two] [Continuación]


28/07/2000
Ha pasado bastante tiempo desde que escribí para mí mismo; por mero placer y concretando mi propio consuelo, narrando como si alguien fuera a leer esto algún día.
He de ofrecer mis más sinceras disculpas, ¡pero! No es en absoluto culpa mía; nada podría estar más lejos de la realidad. Es ella. Ella y su infame persona, ella y su cautivador encanto, ella con su característica benevolencia auto-destructiva, de pensamientos e ideas insolubles; esa mujer que parece aborrecer su propia desenvoltura.
Sé que, como escritor, lo que estoy haciendo es prácticamente inadmisible, un insulto a la propia disciplina. Me explicaré mejor.
La primera vez que la conocí fue un día de Julio cualquiera, el clima era agradable y yo acababa de llegar a una nueva ciudad, totalmente perdido y desconocido de mi paradero. Lo último que pude recordar en ese entonces fue la gran frustración ante el bloqueo de mi creatividad frente a la gran demanda de mi público alborotado. Un deseo de escapar y reencontrarme conmigo mismo, para poder seguir y satisfacer su sed insana de temáticas nuevas y originales. Esa fue otra de las razones que me mantuvo en pie los meses antes de emprender mi viaje, ¡lo encontraría! Lo encontraría. Aquello que me permitiera volver a esos años en que sorprendía a todos con el más simple verso o escrito. ¡Lo lograría...!
Debido a mi falta de orientación y memorias de sucesos intermedios, deduje de inmediato que no fue así. ¿Alcohol quizás? Ahogar las penas de un hombre al punto de terminar desorientado no podía tener otro nombre.
Para resumirlo y no entrar en tantos detalles: después de este descubrimiento me dediqué a vagar por la ciudad, ¡cuán distinta era a mi país de origen! Se sentía extraño. Caminar por la acerca y que nadie te detuviera o ellos detuviesen su camino para cuchichear tu nombre. Podía caminar tranquilo sin que nadie me reconociera. Por primera vez, en mucho tiempo, había encontrado paz.
Una paz que, al pasar de las horas, se había tornado demasiado aburrida.
La gente no me respondía cuando les hablaba, ¿quizás no hablaban inglés? Era un tanto fastidioso no tener alguien con quien charlar. El tiempo avanzaba, y mi propia egolatría me pasaba cuentas. Abatido, estaba a punto de rendirme y descansar en una de las banquillas de una plaza común, cuando un único letrero legible llamó mi atención. Talladas en negro sobre una gruesa madera color ébano, se leía inocente y humilde una sola palabra: "Theater". Nunca en mi vida fui aficionado a ese tipo de artes —demasiado humanas para mi gusto—, pero me dije a mí mismo en ese momento, ¿por qué no darles una oportunidad?
Me era imposible saber, que esa decisión marcaría de tal manera mi vida.
No, ni siquiera llegué a intercambiar palabra alguna con ella.
Bastó con verla ahí, sola danzando en la tenue oscuridad del atardecer, para descubrir en presencia propia la gracia y encanto que sería el comienzo de mi final.
Te devoraba poco a poco. Era alucinante, mi corazón golpeaba con fuerza dentro de mi pecho y yo no podía apartar la vista. ¡¡Había encontrado a mi personaje principal!! ¡lo había encontrado! ¡Ella era... todo lo que había estado buscando! ¡El personaje principal definitivo, digno de mi última obra! La robaría de allí y sería mía, sólo mía. Esos fueron mis primeros pensamientos, tan ingenuos e incautos de la realidad ofrecida. La verdad es que no puedes hacer nada en su contra. Cada uno de sus movimientos cruza el linde de lo burdo y lo mágico con la mismísima facilidad en que un pintor desliza su pincel sobre su lienzo. Porque es una obra de arte en sí. Aquel apasionado baile, no, ninguno de sus movimientos sobra o está de más nunca. Todos forman parte de una perfecta armonía que lleva a cabo con una picardía y vehemencia oculta, que se esfuerza en oscurecer y negar, pero para mí como escritor y detective de la mente humana son tan obvias y palpables como hipnóticos son los colores que desprende cada uno de sus pasos. Lamento esta analogía y exceso de elogios, mas no hallo otra manera de comunicar lo que en ese momento sentí. Sólo sé que aquella primera impresión jamás se borrará de mi cabeza, ni aunque cayera en coma un millón de años y me obligasen a abandonar mis recuerdos con el prometedor ofrecimiento de una vida entera. Está ahí, adherida tan fuerte como su propio nombre. Oh, cara mia. ¡Mi querida y hermosa personaje principal! Mi impresión para los días siguientes, las razones por las que no pude escribir hasta ahora, quedará claro para mi lector que no son un pormenor después de toda esta charla introductoria.
El día siguiente a ese, comprendí de inmediato que mi pequeña niña jamás dejaría de sorprenderme.
Haciendo lo imposible, nunca se detendría. 


lunes, 26 de marzo de 2018

Pétalos de invierno [Scene One]

02/07/2000
(...) he estado mucho tiempo pensando en desistir. Por cosas de la vida, sigo aquí. Supongo que no estaba en mi naturaleza ser del tipo que se rinde y deja todo de lado. Me lo he preguntado durante demasiado, demasiado tiempo. ¿Realmente vale la pena el sacrificio? ¿realmente está bien seguir este camino? ¿Realmente... tomé la decisión correcta? Creo que todos hemos experimentado este tipo de crisis a lo largo de nuestra vida; pero cuando eres una figura... un modelo a seguir. Cuando todo el mundo espera ansioso y expectante tu trabajo final... pienso quizás, en mi propio egocentrismo, que nuestra gracia es peor que la del resto. Ha sido año tras año, esta sensación de vacío y de querer escapar de todo te empieza a carcomer desde dentro y llega un punto muerto en que las cadenas que te jalan hacia atrás se hacen simplemente insoportables y demasiado pesadas.
Seguí adelante.
Aunque no quisiera, seguí adelante.
Aunque tuviera que recurrir a pretextos e interpretaciones de cosas que no creí o no llegué a sentir de corazón, seguí adelante. Recopilando todo lo que me sirviera, todo para deleitar a la gente, para cumplir con lo que esperaban y sobrepasar sus expectativas.
Seguí adelante. 
Hasta ahora, no cruzó por mi cabeza el quejarme. Fue un propio abismo en el que caía y creaba voluntariamente. Yo era el único a quién culpar y podía vivir con eso. ¡Qué tragedia! A cierto punto de desamparo, el darlo todo por mi público era mi consuelo y mi motivo para seguir adelante. El joven brillante y exitoso, víctima de su propio talento. Una buena manera y excusa para sentir pena por ti mismo, ¿verdad?
Y hoy, ¡es increíble!
Hoy, en cuestión de minutos, todo ese mundo fue robado.
Por primera vez, una persona totalmente ajena entraba e incautaba todo a su alrededor dejándome perplejo y atontado. 
Reemplazando todo con su presencia, de forma casi monstruosa, llegó devastando a diestra y siniestra. Los vanos personajes creados hasta ahora caían uno tras otro, el monótono ambiente era llenado por la dulce melodía de sus risas y palabras; el gélido frío de invierno por un calor tenue y suave el cual no sé con certeza si nacía en mi propio pecho o en tacto gentil ajeno. 
Lo único que sé es que, este tumulto de emociones nuevas que me atormentan y no me dejan dormir tranquilo, tienen un sólo nombre; tan perfecto como ella misma.

Parte 2

jueves, 22 de marzo de 2018

Se me olvidó cómo escribir.

A nuestra querida protagonista, se le olvidó cómo escribir. 
Ana era pequeña, cuando la literatura le llegó. Entre cuentos y palabras, por completo la atrapó. Leyó y leyó, absorta en cantares. Leyó y leyó, de memoria los finales. 
Los finales se sabía de derecho y de cabeza, desde la A hasta la Z, todos los autores leyó. Desde la A hasta la Z, la atrapó y la atrapó. 
Ana cedió, ante la presión de sus alrededores. Tomó un lápiz y escribió renglones y renglones. Galardonada fue, entre todos los menores. Su prosa y sus versos eran un sin igual. 
Ana creció rodeada de verbos, adjetivos y palabras. Mientras crecía su adolescencia no cesó de escribir. Convencida estaba, pues, de su afinidad a la pluma. Y convencida por el resto, escribió y escribió. 
Noche tras noche, día tras día. Ana escribía sin descansar. Su único objetivo era llegar a  sus lectores, entre los cuales estaban papá y mamá. Guiada por su familia, finalmente se decidió, y entonces a letras fue donde entró. 
Estudió y estudió, noches enteras. Estudió y estudió, sin descansar. 
Mientras estudiaba, Ana crecía. Y mientras más crecía, más dejaba de rimar. 
Entonces encontró letras desconocidas, fonogramas y silabarios del otro lado del mar. Ana leyó, pese a los dolores de cabeza. Ana estudió, pese a no estar bien. 
Papá y mamá preguntaron cómo le iba, la institución rápidamente la galardonó por sus calificaciones. Ana estudió, fue la mejor. Pero mientras Ana estudiaba, dejó de escribir. 
Ya con título en mano, no soportaba ver el papel. Ese blanco brillante que siempre se burlaba cada vez que iba a su escritorio. "Tengo que escribir algo" pensó, "tengo que escribir y ser la mejor". 
Los días pasaron, y Ana no podía escribir. Algo no encajaba en su lugar. Cuando leía, la magia volvía y podía ver coloridos universos a su alrededor, ese no era el problema. Cada vez que escribía, una nueva hoja terminaba en el basurero. 
Eso no la detuvo.
Ana escribió y siguió estudiando, "es lo mejor" pensó. Así recobraría su toque al mismo ritmo que avanzaba profesionalmente. La duda no tardó en llegar. 
¿En qué momento se había decidido, en qué momento pensó que podía escribir? No. Ella podía, ¿qué motivos tendría su alrededor para mentirle? Hizo memoria, no recordaba haberle mostrado nunca sus escritos a alguien más, a alguien anexo. La idea la irritó. Y Ana... escribió y escribió.
Aún no podemos terminar de contar todos los títulos que recibió, desde filología a antropología terminó por estudiar. Estudió Historia y Derecho, Filosofía y Ciencias. Y Ana, ¿Ana? no podía escribir. 
"Se me olvidó cómo escribir" pensó entonces, y su cabeza chocó contra la madera del escritorio. 
"Muy existencialista y vacío. Sirve, pero no es novedoso", Ana rechistó, dejando otro cuaderno terminado con el montón.
Suspiró. 
Tenía que escribir algo, ella era la mejor. Y si no era la mejor, conocía las letras mejor que cualquier otra persona en el mundo. Tan ocupada estaba hallando su inspiración, que los años pasaban y ni varón ni fémina llegó a su habitación. Ana tenía una amiga, a la que consideraba inferior en gustos intelectuales, pero ella la aceptaba y la acompañaba hasta el final. Carmen era panadera, esforzada de toda su vida, y acostumbradas a las penas estaba ya. 
Todos los días, sin ningún descanso, Ana se quejó sin disfrutar ni un segundo. Carmen la escuchaba muy atentamente y siempre le decía "¿por qué no sacas a alguien a bailar?". Ana muy burlesca, rechazó su invitación "Tantas veces lo has preguntado, y aún crees que es una opción". 
Hallaría su inspiración, la tendría de vuelta. Escribiría como nunca tal como pequeña. "Es una lástima" pensó "por alguna razón, no conservo ningún manuscrito de cuando era pequeña". ¿De qué se trataban sus primeras historias? No podía recordar. Otro día pasó en vano, y no pudo escribir. 
No fueron sólo días, también pasaron años. 
Pasaron décadas y Ana jamás estaba conforme. 
Ya de avanzada edad, Ana se quejó "qué vida más absurda" y dejó de intentarlo. 
Miró a su alrededor, Carmen ya no estaba. A veces extrañaba esa dulce vocecita que la hacía reflexionar, "querida amiga, donde quiera que estés, debes estarte riendo de mí. Al final, mírame, saldré a bailar". 
Ana tomó su vestido, entre su colección el más bello, totalmente decidida salió a bailar.
Bailó y bailó, por todas las calles. Bailó y bailó, y también sonrió. 
Era tan absurdo, ¡tan banal! No sabía bailar. 
Sus pies se movían y parecía que se fuese a caer.
Su sentir era extraño, no era como lo esperaba. Su vida y sus palabras, ya no parecían rimar. Empezó todo con un ritmo rico y coqueto, su vida de pronto ya no pudo controlar. ¿Cuándo fue? Quien sabe. Hay quienes dicen que ni su historia se puede con gracia contar. 
Ana bailó y bailó, pero no sintió la magia. Nada rimaba y no tenía sentido. 
¿No era este, su final de cuento? ¿No era este, el ocaso perdido? Porque siempre, siempre que un protagonista sufre, al final sus errores son enmendados. Ana lloró durante toda la noche.
No había final feliz como ella hubiese deseado, sólo tristes lágrimas de una vida desperdiciada. Oh, Ana. Como si nos pudieses engañar. Ni siquiera intentaste realmente bailar. Sus pasos fueron falsos, como también su corazón. 
Lo único que deseaba, era su final de cuento, aún si se tenía que convertir en el antagonista principal. ¡Oh, el dolor! ¡Oh, el sufrimiento! La oda a tan malas experiencias hoy en día es tan popular. Una lástima que sus conocimientos no llegaran a la vida real. No recobró la rima cuando se dio cuenta que su vida desperdició; no recobró ni la alegría ni los colores que la literatura en su rostro algún día pintó. Todo fue desplazado por el maldito rencor. 
Derrotada y sola, Ana caminó. 
No podría engañar a los juicios de la vida. No habría final feliz ni una chispa brillante. 
"Aún tengo una oportunidad" pensó, "después de la muerte siempre nos aprecian más". 
Preparándose para la hora final, escondió abiertamente todos sus manuscritos. Dentro de su casa no había rincón sin un papel. 
Taco alto y una chaqueta larga; sumamente digna frente alta hasta el final. Salió un día de tarde a la avenida principal, los noticieros no tardaron en documentar su triste final. 
Hoy, 100 años en el futuro, se sigue hablando de Ana. Serías considerado un idiota si su nombre no pudieses reconocer. Cuentan que después de la noticia de su trágica muerte su nombre se escuchó por semanas, meses y años; pronunciado en tele, cable y radio. Habían encontrado en su casa nada más ni nada menos  que un texto de sumo reconocimiento.
Destacaron sin parar, con la verborrea de los medios, todos los títulos y años que Ana invirtió en su educación; todos los premios que ganó de niña y la profunda pena de la pérdida de tanto talento. 
"Un poco de ajo y una pizca de sal",

cuando entraron a su casa, los críticos populares pasaron de todas las obras que Ana se molestó en dejarles antes de morir. "Basura" comentaron "y nada original", mas había algo que salvaba y era fenomenal. 
"¡Debió ser toda una genio culinaria, a quién se le ocurriría hacer este pan!" 
Los chefs de todo el mundo honraron su legendario conocimiento del sabor. Entre todos los medios alababan la receta que Carmen le dejó.  


domingo, 18 de marzo de 2018

Caminata

Cristopher camina, sólo camina. No sabe dónde está, o dónde se dirige, él sigue su paso.  

A su alrededor no hay nadie salvo un par de personas de unos cuarenta años: una mujer alta y delgada con cabellos negros hasta el hombro, la otra más bajita, regordeta, con rizos castaños en un moño. Ambas hablan (intercambiando rumores entre risas), son vecinas. Una riega el jardín mientras la otra vuelve de las compras. 

Más allá, unos cuántos metros, hay un anciano tocando el violín. Tiene un pequeño letrero ilegible; es obvio lo que pide: a sus pies está el maletín del instrumento con unas cuántas monedas que los transeúntes arrojan al pasar. 

Una escena normal, aunque para Cristopher lo normal estaba lejos de ser algo bueno o satisfactorio. 

sábado, 17 de marzo de 2018

Sonrisa

Sonríe.

Llegan las cuentas, y sonríe.

Sonríe al cobrador, sonríe a su madre que pregunta por un tal Antonio.

Sonríe.

Sonríe mientras se llevan sus cosas; mientras descuelgan el cuadro al final del pasillo, ese que ya hacia varios años que está cubierto con un fino manto de tela negra, el cual en estos momentos es retirado y hecho a un lado en lo que tarda un suspiro. Porque cumplió su función, y ya no sirve. Un paño marcado y modelado por el paso del tiempo, con sus manchas adquiridas con la sabiduría de la vejez y los hilos, telañarientos despojos, que se descosen tan débiles y efímeros ante al brusco tacto del embargo.

La tela se deshace, y como si nada, rápidamente es olvidada en un rincón.

Observa en silencio.

No hace nada más que sonreír ante aquella escena. Igual que siempre. Se dice a sí mismo "¡no pasa nada!", eliminando todos los sentimientos y rastro de emoción que pudiera quedar en su cuerpo, dejando tan sólo una cáscara vacía que apenas tiene tiempo para atesorar sus recuerdos. Mas es lo mejor que puede hacer; la resignación es la mejor opción en este mundo moderno, ¿no? ¿Cómo podría oponerse ante las autoridades, sin quedar en una situación aún peor a la que se encontraba ahora?

El polvo se levanta, le escuece la nariz.

Su nariz.

Esto demuestra que sigue sintiendo, sigue siendo humano, los receptores de su cuerpo aún funcionan y sus células siguen manteniendo con vida a ese conjunto de materia que es él. Una vaga sensación parecida a la felicidad entibió, por unos segundos, su pecho. Aunque, para ser sinceros, estaba muy lejos de hacer justicia a la palabra. Fue, más bien, un sentir vago que no duró más que una milésima... no, trigésima de segundo, de momento: es obvio que no es la cantidad de tiempo indicada ni suficiente para volver a respirar, para llenar tus pulmones; para volver a vivir y abrir la caja metálica y polvorienta donde guardaba tan cuidadosamente sus emociones (esas tan finas y frágiles al tacto) en busca del nombre olvidado de aquello que sintió.

Pensándolo bien, y analizándolo dentro de lo que la desesperada situación le dejaba de cordura, no era algo bueno. Si seguía siendo un ser racional, quiere decir que le afecta lo que está sucediendo en alguna parte recóndita de su cabeza.

O así debería ser.

Pues. Se están llevando el cuadro. El retraso, el único recuerdo de su padre mientras la madre chilla desesperada contenida por dos hombres. ¡¡Grita hecha una furia!! con un brillo en sus ojos lleno de pasión, de emociones agresivas y demandantes. Es en este instante, que su madre ya no es la masa de piel y costal de huesos frívola acostada en la cama, incapaz de hacer algo por sí misma balbuceando incoherencias mientras repetía constantemente que le devolviesen a su hijo, con los ojos perdidos y muertos clavados en un punto de la habitación al cual a Antonio no se le permitía acceder.Sus ojos, ahora, eran los espejos de un alma viva, ferviente de incontables emociones explotando en su interior que luchaban por salir, con la belleza fiera de una mujer luchadora a la cual le arrebataron la razón y ser de su existencia, y que ahora tan única y tocada se rebelaba para mostrar su verdadera naturaleza.

Un escalofrío le recorrió su espalda y sintió como todo su mundo se derrumbaba trozo por trozo mientras más tiempo pasaba presenciando esa escena.

Poniendo en duda toda esa careta fría de la que se jactaba, ¡su madre, preocupada por el cuadro, se veía mucho mejor a todas las veces en que él la consoló! Como si tu esfuerzo no valiera nada, qué importaban los pequeños detalles, las horas extras de trabajo para manteneros a ambos restadas a las de sueño.

Sonríe.

Antonio sonríe, pero todo se derrumba por dentro.

Presentación obligatoria.



La verdad, aún mientras escribo esto, no me decido cuál hubiese sido la mejor forma de empezar. Claramente, no esta. Pero seré sincera, y al menos aceptaré que no tenía ni idea de qué hacer cuando llegó este momento.

Sí, este mismo momento en el que decidí que, quizás, crear un blog para subir mis escritos y otros pensamientos fuera una buena idea. ¿Qué más da ahora? Lo hecho, hecho esta. Y si bien este tumulto de palabras que no tienen ni pies ni cabeza no son la mejor primera-entrada-de-mi-importaaaante-blog, de seguro en un futuro la recordaré con el cariño nostálgico con el que todo el mundo conmemora los chascarros de su infancia.

¿De mí? No, ahora no quiero hablar de mí. Quizás ni ahora ni nunca, pues esa no es la idea. Yo quiero escribir, para mí, y para ustedes. No sobre mí, por lo que me limitaré a esta tímida presentación en que no digo nada.

Sin más, sin imágenes bonitas, sin ninguna cosa. Sólo con estas banales palabras, doy por "inaugurado" el blog, y espero, al menos, llegar aunque sea una persona que pueda compartir y guste de mis historias.

Con amor,
Alice.